Testimonio hipocondría por Esteban
El caso de Esteban
Hola, mi nombre es Esteban. Llegué a la consulta de Clínica La Serna con mucho miedo e incertidumbre. Era mi última opción. Pensaba que lo que me ocurría no tenía “remedio” y que perdería el tiempo intentando convencerme de algo que en realidad no tenía solución. Que yo era así, y ya está.
Antes de pasar a hablar sobre mi experiencia en esta clínica, quiero contaros un poco sobre mi historia. Tengo 35 años, soy ingeniero de profesión y me he pasado los 20 últimos años de mi vida entre médicos, consultas de especialistas, pruebas de imagen y análisis: tengo un miedo paralizante a la enfermedad.
Fue hacia la edad de los 15 años cuando todo empezó. Viví muy de cerca en casa el proceso de la enfermedad de un familiar cercano. Visitas al hospital y muchas revisiones. A partir de ese momento mi vida empezó a cambiar: mis pensamientos empezaron a funcionar como un escáner para detectar la enfermedad y con ello también cambió mi forma de vivir. Como si fuese real, he sufrido más de cien enfermedades (todas graves), acompañadas de crisis de ansiedad, pánico e incertidumbre.
Las crisis de miedo a la enfermedad y la ansiedad que las acompaña para nada fueron apaciguándose a medida que iba cumpliendo años. Al contrario, mientras yo crecía, su intensidad iba haciéndose más grande. También su frecuencia, cada vez el filtro de mi mente hacia el miedo a enfermar y a morir era más potente.
Mi entorno no lo puso fácil. Entiendo que esto también afectaba a las personas que me rodeaban y me querían, no era fácil lidiar con mis preocupaciones obsesivas y querían ayudarme. Sin embargo, escuchar constantemente: “Esteban, tú estás mal solamente porque quieres”, no hacía más que alimentar mi mayor pesadilla: mi forma de relacionarme con esos pensamientos. Además, me sentía culpable. No sabía qué me pasaba, no entendía por qué mi mente funcionaba tan rápido y encontraba síntomas donde aparentemente no los había: ¿qué me pasaba? Esa era la pregunta que más me repetía y para la que no encontraba nunca una respuesta.
Mi vida era tremendamente desgastante. Mi mente funcionaba tan rápido que no sabía como pararla. Me di cuenta de que había dejado de vivir, de disfrutar. Estaba sobreviviendo mientras comprobaba síntomas, buscaba información en internet y deambulaba por consultas médicas. Las cosas que antes disfrutaba, mi pasión por el deporte, la gastronomía…habían dejado de tener espacio en mis pensamientos. Siempre había una preocupación sobre una enfermedad nueva en mi cabeza.
Cuando llegué a Clínica La Serna esperaba de nuevo que me dijeran que esto no era más que ansiedad. Pero ocurrió algo diferente. Por primera vez después de tanto tiempo sentí que alguien estaba entendiendo cómo me sentía y la cárcel mental en la que había estado habitando desde hace casi 20 años. Mi psicóloga no juzgó mi miedo. Tampoco intentó convencerme de que mis síntomas eran imaginarios.
Al principio recibí mucha información: me explicaron cómo funcionaba la ansiedad por la salud y la forma en la que mi mente había aprendido, durante muchos años, a interpretar cualquier sensación física como una señal de que algo en mi cuerpo no iba bien.
Descubrí que las formas mediante las cuales intentaba tranquilizarme: comprobaciones, consultas o búsquedas en internet realmente solo me “ayudaban” a corto plazo. Es verdad que mientras recurría a ellas me sentía mejor durante unos minutos, pero entendí que esto acababa reforzando el problema a largo plazo.
Durante el proceso en Clínica La Serna empecé mi camino hacia la comprensión de que el “problema” no residía en una enfermedad física que yo estaba convencido de que los médicos no encontraban, sino en la forma en la que mi mente estaba reaccionando ante la posibilidad de enfermar. Dándole un significado catastrófico a cada cambio que notaba en mi cuerpo.
He de reconocer que mi recorrido durante estos meses ha sido de todo menos fácil. Supongo que es lo que tiene aprender a convivir un poco más de cerca con la incertidumbre. Me siento orgulloso de mi trabajo y solo puedo agradecer a la persona que me ha estado acompañando durante este tiempo. He dejado de buscar respuestas inmediatas y he comenzado a enfrentarme a situaciones que antes evitaba. Claro que hubo momentos difíciles, pero por primera vez, sentí que estaba avanzando en la dirección correcta.
Ahora sigo teniendo preocupaciones de vez en cuando, como cualquier persona. Pero puedo decir que mi vida ya no gira alrededor del miedo a la enfermedad, esos pensamientos ya no controlan mis decisiones ni mi capacidad para disfrutar. Puedo decir que he recuperado tiempo y libertad. Por ello, si alguien que esté leyendo esto llega a sentirse identificado con mi historia, me gustaría transmitirte algo que yo he tardado muchos años en entender y que, aunque soy consciente de que es difícil: no estás condenado a vivir así para siempre. Estoy eternamente agradecido conmigo mismo de haberme decidido a pedir ayuda. Y gracias también a Clínica La Serna por haberme acompañado.



